Auditoría de la responsabilidad social
Por marioalonso • 7 Jul, 2009 • Sección: Mis Artículos, Responsabilidad Social CorporativaAuditoría de la responsabilidad social
Memorias de sostenibilidad y auditoría - septiembre 2007
RESPONSABILIDAD SOCIAL, MEMORIAS DE SOSTENIBILIDAD Y AUDITORÍA
Ética y empresa
El ilustre nobel AMARTYA SEN sitúa el nacimiento de la ciencia económica en el Siglo IV a.c. con ARISTÓTELES en Grecia y, simultáneamente, con KAUTYLIA en la India. Para el segundo la economía no es más que una solución técnica para la administración de los recursos, sin embargo ARISTÓTELES concibe la actividad económica desde una perspectiva ética, entendiéndola como medio de lograr el bien individual, pero buscando a la vez el bien colectivo. De esta forma, la Economía formaba parte, junto con la Ética o la Política, de la llamada filosofía práctica, y básicamente consistía en el arte de administrar la casa (oikos). La ciencia económica se distinguía de la ciencia de la riqueza o chrematística, ocupándose la primera de lo necesario para la vida y para la comunidad civil o doméstica, mientras que la segunda se refería a lo superfluo, a la adquisición indefinida de riqueza, que se consideraba como algo que iba va contra el orden natural.
Hasta el s.XVIII, es decir, durante cerca de veintidós siglos, la Economía es considerada como una parte de la Ética. Además del afán de lucro, el comportamiento económico se movía por otros parámetros como el honor, el trabajo bien hecho, la gloria, la amistad, el reconocimiento social, el prestigio, el orgullo, el bien de la comunidad, etc. La acumulación de riqueza no representaba un móvil en si mismo, la actividad económica no era más que un medio para lograr la felicidad personal. El hombre estaba más cerca del homo ludens que del oeconomicus, y su máxima podría resumirse con la conocida frase: “No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”.
Durante este larguísimo periodo, diferentes pensadores, como QUESNAY, PETTY, SANTO TOMÁS DE AQUINO, NICOLÁS DE ORESMES, y corrientes filosóficas como los fisiócratas o los mercantilistas desarrollan de una u otra forma los paradigmas expuestos.
La Revolución francesa representó la llegada al poder de la burguesía, que por una parte eliminó barreras con la supresión de las clases sociales, pero a su vez introdujo un nuevo concepto, que ha llegado hasta nuestros días: el afán por el dinero.
En 1776 ADAM SMITH publica “De la riqueza de las naciones”, que para muchos marca el nacimiento de la Ciencia Económica tal y como hoy la conocemos, separada de la Ética, como disciplina autónoma universitaria. Sin embargo, el profesor de filosofía moral de la Universidad de Glasgow, mantiene el enfoque ético en la Economía. La casa ha sido sustituida por el mercado y la fábrica, cuyo fin, a través de la división del trabajo, es la producción, distribución e intercambio de bienes. La economía debe estar al servicio del bienestar colectivo, armonizando libertad individual y justicia social.
A partir de este momento, la economía de mercado empieza a ser sustituida por el sistema capitalista, cuyo máximo objetivo es maximizar la producción y el beneficio. Se sustituye el modelo de “vivir mejor” por “producir lo máximo”, y como lo producido debe venderse, comienzan a crearse necesidades inducidas para incentivar el consumo, nace el “consumismo”.
Las valiosas aportaciones posteriores de discípulos de SMITH, como MALTHUS, DAVID RICARDO o STUART MILL originan la ruptura definitiva de la Ciencia Económica con los principios éticos o sociales. Predomina el contenido técnico, de carácter científico, más que social, y el Estado no es más que un simple árbitro necesario para armonizar los intereses privados. La sociedad comienza a percibir como natural y moralmente correcto el afán de lucro, al que los economistas atribuyen el papel de principal motor para el funcionamiento de la economía y de la sociedad.
Existe un consenso generalizado sobre la importancia del papel desarrollado por la empresa durante los últimos doscientos años como motor fundamental del progreso y bienestar de nuestra civilización. En los albores del siglo XXI, resulta aún más trascendente su protagonismo y responsabilidad en la actividad económica y en la construcción de nuestro modelo de sociedad.
Sin embargo, mientras durante muchos años los ciudadanos confiaron plenamente en el mundo empresarial, asistimos en las últimas décadas a una crisis absoluta de confianza y a una profunda decepción. Se acusa a la empresa de generar desigualdades, pobreza y discriminación social, de apostar por un crecimiento sin control, destructor del medio ambiente y de los recursos naturales, de buscar el enriquecimiento, sea o no injusto. En definitiva, empresa y sociedad se encuentran hoy en caminos divergentes, que resulta urgente aproximar.
En las últimas décadas, especialmente, a partir de los años 70, se han escrito miles de páginas en Europa y en Estados Unidos sobre la ética empresarial. Movimientos como el Business Ethics, informes relacionados como el Cadbury, Winter, Higgs, Sarbanes-Oxley ,o los españoles Olivencia, Aldama, etc. han adquirido gran notoriedad.
Por otra parte, existe una importante corriente de defensa de la ética por parte de las propias empresas: certificaciones sociales SA 8000, códigos éticos, defensa del comercio justo, inversiones éticas, fondos éticos, lucha contra la explotación infantil, contra la discriminación laboral, contra la contaminación del entorno, etc.
Pero, ¿puede la empresa ser ética?.
La ética empresarial se ha definido como el conjunto de valores, normas y principios que forman parte de la cultura de la empresa para alcanzar mayor sintonía con la Sociedad y conseguir una mayor adaptación a los entornos con el fin de respetar los derechos reconocidos y los valores compartidos.
Determinadas posturas defienden principios como los que consideran que ética y empresa son incompatibles, que para triunfar en los negocios hay que olvidarse de cuestiones morales, que debe lucharse con las mismas armas que la competencia, que la ética no tiene espacio en el mundo empresa, ya que menoscaba su eficacia.
Por el contrario, otros defienden que el humanismo debe ennoblecer y elevar éticamente a la empresa. Se puede ser eficaz y hacer rentables las inversiones sin renunciar a la ética. El lucro no es el único factor motivador para las empresas ni para las personas que las gestionan. Los ciudadanos tienen valores y pueden y deben aplicarlos en su trabajo.
Otros defienden razones utilitaristas para que la empresa sea ética: puede ser una ventaja competitiva, refuerza la imagen, reduce problemas internos, proporciona satisfacción psicológica y desarrollo personal de los directivos, etc.
El grado de amplitud con el que una empresa puede enfrentarse con los principios éticos puede plantearse desde una visión restrictiva, por la cual las relaciones entre ética y empresa se reducen a un código deontológico de mínimos, que garantice que se cumple con la ley y resuelva problemas de gestión práctica, o con una visión amplia, por la cual se considera que la empresa tiene una responsabilidad con la Sociedad, y no solo para no dañarla, sino para tratar de mejorarla, utilizando para ello su poder e influencia.
En este momento, la ética en la gestión de las empresas es un valor que debe considerarse fundamental. La creciente importancia de las empresas en el desarrollo y conformación de nuestra sociedad, la clara insuficiencia de las normas jurídicas para poder resolver todo tipo de situaciones y la preocupante pérdida de credibilidad y confianza de los ciudadanos en la empresa, son motivos más que suficientes para apostar, sin ningún genero de duda, por la defensa y desarrollo de una empresa con un comportamiento ético.
La responsabilidad social de la empresa
Relacionada con esta última visión de la relación ética-empresa, a finales del siglo XIX nace en Estados Unidos la idea de la responsabilidad social de las empresas, promovido por algunos empresarios de tradición puritana, que necesitaban realizar acciones sociales y que éstas fueran reconocidas públicamente. Esta visión inicial de la responsabilidad de las empresas frente a la sociedad se mantuvo durante décadas, sirva de ejemplo que la monarquía británica sólo otorgaba licencia de actividad a las sociedades que declaraban su interés por el bien general.
Desde entonces, especialmente desde la década de los sesenta del pasado siglo en las sociedades anglosajonas, han sido miles las voces que se han levantado a favor y en contra de esta idea, que por otra parte, ha sufrido importantes cambios con respecto a lo que era en sus orígenes.
El Consejo Mundial Empresarial para el Desarrollo Sostenible (WBCSD) define la responsabilidad corporativa (RSC), como “el compromiso continuado por parte de las empresas de mantener un comportamiento ético y contribuir al desarrollo económico, mientras mejoran la calidad de vida de los trabajadores y de sus familias, de la comunidad en la que trabajan y de la Sociedad en general”.
En consecuencia, de la idea inicial en la que la RSC se relacionaba más casi con acciones de caridad, se ha pasado a un concepto que afecta a las consecuencias de las acciones de la empresa en la Sociedad, incluyendo valores éticos, respeto y desarrollo de las personas, de las comunidades y del medio ambiente.
En los últimos años, la RSC ha ido alcanzando mayores cotas de notoriedad, considerándose como una dimensión más de la marca, junto con su imagen o su producto. Se ha recuperado la idea de la empresa con responsabilidades, no sólo ante sus propietarios, sino ante los ciudadanos en general, por el impacto social y ambiental de sus actividades.
Una de las concepciones más acertadas del significado y alcance de la RSC fue la formulada por el Comité para el Desarrollo Económico (CED) “sobre las reglas sociales de las empresas” (Nueva York ,1971). Para el CED se pueden englobar las responsabilidades de las empresas en tres círculos concéntricos: el primero de ellos agrupa las llamadas “Responsabilidades económicas”, que incluyen las obligaciones básicas de las empresas en relación a la creación de riqueza y a la contribución al crecimiento económico global; el segundo integra las “Responsabilidades éticas y sociales”, que están referidas al cuidado del medio ambiente, al desarrollo personal de los empleados, o a la atención a los consumidores; y el tercero responde a la “Responsabilidad del progreso social”, cuyo fin es participar en el esfuerzo colectivo de progreso y perfeccionamiento de la sociedad.
También reviste gran interés el modelo de Carroll formulado en 1.979 y revisado en 1.991, en el que se describe una pirámide con cuatro niveles de responsabilidad empresarial. En la base se sitúan las “Responsabilidades económicas”, cuyo cometido es generar beneficios legítimos y contribuir a la creación de riqueza. En el segundo escalón están las “Responsabilidades legales”, que obligan a las empresas a respetar las reglas del juego. En tercer lugar aparecen las “Responsabilidades éticas”, que integran la preocupación por consumidores, empleados y la comunidad civil en general. En la cúspide de la pirámide encontramos las “Responsabilidades voluntarias”, donde se incluye el compromiso de la empresa con los objetivos sociales de la comunidad.
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No dudo del interés de la RSC, pero pocas Pymes españolas han oído hablar del tal concepto y menos de las técnicas de liderazgo precisas para liderar la RSC y la RSMA,
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