Ética empresarial
Por marioalonso • 7 Jul, 2009 • Sección: Mis Artículos, Responsabilidad Social CorporativaÉtica empresarial
Ciencia Económica y Ética - E & F nº3 de 2006

ECONÓMICA Y ÉTICA
HISTORIA DE LA CIENCIA ECONÓMICA
El ilustre nobel AMARTYA SEN sitúa el nacimiento de la ciencia económica en el Siglo IV a.c. con ARISTÓTELES en Grecia y, simultáneamente, con KAUTYLIA en la India. Para el segundo la economía no es más que una solución técnica para la administración de los recursos, sin embargo ARISTÓTELES concibe la actividad económica desde una perspectiva ética, entendiéndola como medio de lograr el bien individual, pero buscando a la vez el bien colectivo. De esta forma, la Economía formaba parte, junto con la Ética o la Política, de la llamada filosofía práctica, y básicamente consistía en el arte de administrar la casa (oikos). La ciencia económica se distinguía de la ciencia de la riqueza o chrematística, ocupándose la primera de lo necesario para la vida y para la comunidad civil o doméstica, mientras que la segunda se refería a lo superfluo, a la adquisición indefinida de riqueza, que además de no tener limite, se consideraba como algo que iba va contra el orden natural.
Hasta el s.XVIII, es decir, durante cerca de veintidós siglos, la Economía es considerada como una parte de la Ética. Además del afán de lucro, el comportamiento económico se movía por otros parámetros como el honor, el trabajo bien hecho, la gloria, la amistad, el reconocimiento social, el prestigio, el orgullo, el bien de la comunidad, etc. La acumulación de riqueza no representaba un móvil en si mismo, la actividad económica no era más que un medio para lograr la felicidad personal. El hombre estaba más cerca del homo ludens que del oeconomicus, y su máxima podría resumirse con la conocida frase: “No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”.
Durante este larguísimo periodo, diferentes pensadores, como QUESNAY, PETTY, SANTO TOMÁS DE AQUINO, NICOLAS DE ORESMES, y corrientes filosóficas como los fisiócratas o los mercantilistas desarrollan de una u otra forma los paradigmas expuestos.
La Revolución francesa representó la llegada al poder de la burguesía, que por una parte eliminó barreras con la supresión de las clases sociales, pero a su vez introdujo un nuevo concepto, que ha llegado hasta nuestros días: el afán por el dinero.
En 1776 ADAM SMITH publica “De la riqueza de las naciones”, que para muchos marca el nacimiento de la Ciencia Económica tal y como hoy la conocemos, separada de la Ética, como disciplina autónoma universitaria. Sin embargo, el profesor de filosofía moral de la Universidad de Glasgow, mantiene el enfoque ético en la Economía. La casa ha sido sustituida por el mercado y la fábrica, cuyo fin, a través de la división del trabajo, es la producción, distribución e intercambio de bienes. La economía debe estar al servicio del bienestar colectivo, armonizando libertad individual y justicia social.
A partir de este momento, la economía de mercado empieza a ser sustituida por el sistema capitalista, cuyo máximo objetivo es maximizar la producción y el beneficio. Se sustituye el modelo de “vivir mejor” por “producir lo máximo”, y como lo producido debe venderse, comienzan a crearse necesidades inducidas para incentivar el consumo, nace el “consumismo”.
Las valiosas aportaciones posteriores de discípulos de SMITH, como MALTHUS, DAVID RICARDO o STUART MILL originan la ruptura definitiva de la Ciencia Económica con los principios éticos o sociales. Predomina el contenido técnico, de carácter científico, más que social, y el Estado no es más que un simple árbitro necesario para armonizar los intereses privados. La sociedad comienza a percibir como natural y moralmente correcto el afán de lucro, al que los economistas atribuyen el papel de principal motor para el funcionamiento de la economía y de la sociedad.
En el siglo XX se radicaliza aún más esta visión, en parte debido a la gran influencia de SPENCER, sobre todo en Estados Unidos. Para este sociólogo inglés, defensor del darwinismo social, las desigualdades son beneficiosas para conseguir el proceso de selección natural, en el que el Estado no debe intervenir. Su máxima impera aún en gran medida en nuestra sociedad: “tanto tienes, tanto vales”.
El gran economista del siglo XX es KEYNES, cuyas teorías están impregnadas de contenidos filosóficos y preocupación social, defendiendo que los grandes objetivos de todo modelo económico son reducir el paro y las desigualdades. Sus afirmaciones constituyen las bases del Estado del Bienestar, dando viabilidad práctica a fórmulas mixtas Estado-mercado.
Sin embargo, su contrapunto es MILTON FRIEDMAN, cuyas ideas monetaristas representan la separación definitiva que ha permanecido hasta nuestros días entre Ética y Economía, o HAYEK que concibe el sistema económico como un mecanismo natural y al hombre como una simple máquina que reacciona uniformemente a estímulos.
El último peldaño de este proceso, al hoy asistimos, es la globalización, que representa la interconexión e integración de las distintas economías nacionales y que ha supuesto la creciente subordinación de la economía real a las finanzas.
EL CAPITALISMO ACTUAL Y LA GLOBALIZACIÓN
La globalización, que la Real Academia define como “tendencia de los mercados y de las empresas a desarrollarse a escala mundial fuera de sus fronteras”, ya existió, en cierta medida, con las grandes rutas asiáticas o con la conquista de América, pero, tal y como hoy la entendemos nace a mitad del siglo XX, con el desarrollo de las empresas multinacionales americanas.
Aunque hay voces contradictorias, las estadísticas más solventes parecen confirmar que el proceso de la globalización esta originando un incremento de la concentración de la riqueza y por tanto del distanciamiento entre países ricos y pobres, e incluso, un aumento de las bolsas de pobreza en las naciones desarrolladas (en Estados Unidos se estima que existen 40 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza).
El actual régimen capitalista se basa en el paradigma de la competencia y la eficacia de los agentes económicos. RICARDO PETRELLA distingue tres grandes clases sociales que conviven en la actualidad: los competentes, que tienen el conocimiento y constituyen una oligarquía; los recursos humanos, dedicados a trabajos que no requieren grandes conocimientos; y los excluidos, con escasas posibilidades de poder trabajar y sumidos en la pobreza. En el sistema económico imperante, los primeros cada vez son menos, mientras que los terceros están en constante aumento.
En todo caso, parece claro y urgente regular el proceso de globalización mediante la creación de organismos supranacionales, con autoridad político-económica internacional, que sean capaces de frenar los excesos del mercado y conducir el proceso globalizante hacia una camino de mejora global para los ciudadanos de las dos partes del mundo.
EL SENTIDO DE LA CIENCIA ECONÓMICA
El profesor SEN afirma que la naturaleza de la economía moderna se ha visto empobrecida sustancialmente con el distanciamiento que existe entre la Economía y la Ética.
En los tiempos que vivimos, la finalidad de la Economía, y en gran parte, de toda la actividad humana, es la búsqueda del beneficio propio y el interés individual. Se ha identificado el objetivo con el instrumento.
La Economía, que a los alumnos recién aterrizados en la Universidad se les define como “arte de administrar bienes escasos, organizando su producción y distribución entre los miembros de una sociedad”, debería ser un campo en el que la Ética tendría mucho que decir.
Se nos identifica a los economistas con un mundo relacionado con la búsqueda de la rentabilidad y el máximo beneficio, y no con la problemática de la pobreza o la justicia social. Se ha dicho que es como si en las facultades de medicina se prestara atención únicamente a la población sana (p.ej. medicina deportiva), pero quedara relegado el estudio y la preocupación por los enfermos.
El considerar a la economía una ciencia natural es perverso, porque la naturaleza siempre castiga a los más débiles, y esto es algo que como seres humanos no podemos permitir.
La Economía y los economistas no estamos aportando nuestro grano de arena para que la humanidad viva mejor, fundamentalmente por la divergencia progresiva establecida entre Ética y Economía.
SÓCRATES afirmaba que la ética la conforman los valores que defienden el bien general y el bien individual. Durante las últimas décadas se han formulado modelos que, o bien han tratado de defender el bien general, pero no el individual (marxismo), o lo contrario (ultraliberalismo). Desde la concepción de Sócrates, estos extremos no son éticos.
¿Qué podemos hacer para integrar de nuevo la ética en nuestro modelo económico?
LA RESPUESTA DE LA CIENCIA ECONÓMICA A LA ÉTICA: EL ESTADO DEL BIENESTAR.
Las fuerzas del mercado, por si solas, tal y como ha demostrado innumerables veces la experiencia, no pueden superar los problemas de desigualdad y pobreza de millones de personas. Por otra parte, los modelos de corte comunista, que olvidan el papel del individuo como motor económico, han supuesto estrepitosos fracasos.
Un intento valiosísimo de búsqueda de un modelo que aunara ambas tendencias, surgió en los países escandinavos en 1950-60 con el llamado Estado del Bienestar, que defiende que las decisiones de explotación de los recursos no pueden dejarse solo en el mercado, sino que deben quedar enmarcadas dentro de la política, dentro de la democracia, y con un Estado de derecho que actúe de arbitro.
El Estado es garante de la cohesión social, y se asume que el desarrollo de la individualidad exige la existencia de derechos colectivos. Este Estado representa la garantía indiscutible de igualdad en el acceso a la educación, la cultura, la sanidad, e incluso al poder y la riqueza, pero a su vez protege y premia el esfuerzo y el mérito personal.
El sistema tiene su base en la solidaridad colectiva y el intervensionismo del Estado, junto con el respeto a la iniciativa privada, habiendo logrado alcanzar una sociedad solidaria, justa y de gran estabilidad.
La cultura del Bien Común defiende que todos tienen derechos, incluso los derrotados por el mercado. Un viejo tiene derecho a su pensión, no por haberla podido pagar antes, durante su vida activa, sino simplemente por el hecho de ser viejo.
En los últimos tiempos venimos asistiendo a un permanente cuestionamiento del Estado del Bienestar y los más agoreros vaticinan su desaparición debido a sus excesivos costes en materia de educación, pensiones, salud, etc, lo que, argumentan, origina que estas economías sean cada vez menos competitivas en un entorno globalizado. Sin embargo, los últimos datos publicados por una institución tan poco sospechosa como el World Economic Forum, sitúan a Finlandia, Suecia, Dinamarca y Noruega ocupando cuatro de las seis primeras posiciones en materia de competitividad económica. Puestos similares alcanzan estos países en la última encuesta de satisfacción de los ciudadanos encargada por la Comisión Europea y la Fundación Europea para la mejora de las condiciones de vida y trabajo.
Realmente, parece que esta vía de libre mercado, con cierta intervención del Estado y con búsqueda de la igualdad económica y social, parece ser la adecuada, aunque sin duda exige un proceso permanente de revisiones y reformas, que permitan adaptarse al cada vez más cambiante entorno económico.
LA RESPUESTA DE LA EMPRESA A LA ÉTICA: LA RSC
A finales del siglo XIX nace en Estados Unidos la idea de la responsabilidad social de las empresas, promovida por algunos empresarios de tradición puritana, que necesitaban realizar acciones sociales y que éstas fueran reconocidas públicamente. Desde entonces, especialmente desde la década de los sesenta del pasado siglo, en las sociedades anglosajonas, han sido miles las voces que se han levantado a favor y en contra de esta idea, que por otra parte, ha sufrido importantes cambios con respecto a lo que era en sus orígenes.
El Consejo Mundial Empresarial para el Desarrollo Sostenible (WBCSD) define la responsabilidad corporativa (RSC), como “el compromiso continuado por parte de las empresas de mantener un comportamiento ético y contribuir al desarrollo económico, mientras mejoran la calidad de vida de los trabajadores y de sus familias, de la comunidad en la que trabajan y de la Sociedad en general”.
En consecuencia, de la idea inicial en la que la RSC estaba más próxima a actos de caridad, se ha pasado a un concepto que afecta a las consecuencias de las acciones de la empresa en la Sociedad, incluyendo valores éticos, respeto y desarrollo de las personas, de las comunidades y del medio ambiente.
En los últimos años, la RSC ha ido alcanzando mayores cotas de notoriedad, considerándose como una dimensión más de la marca, junto con su imagen o su producto. Se ha recuperado la idea de la empresa con responsabilidades , no sólo ante sus propietarios, sino ante los ciudadanos en general, por el impacto social y ambiental de sus actividades.
Sin embargo, aún son numerosas las opiniones que se han mostrado, y todavía se manifiestan, contrarias a este cambio de enfoque sobre las responsabilidades de la empresa. De entre estas, debe destacarse la voz de Milton FRIEDMAN, que en su obra “Capitalismo y Libertad” afirma con contundencia que las teorías sobre la RSC constituyen una doctrina subversiva: “existen pocas corrientes más peligrosas para los fundamentos de nuestra Sociedad libre que la aceptación por parte de los dirigentes de las empresas de una concepción de responsabilidad social distinta de la de servir lo mejor posible a los intereses de los accionistas. La responsabilidad social no es más que un impuesto para los accionistas”. ”The only business of business is business”.
Posiciones similares mantienen HAYEK, LEAVITT, ROBBINS o los fundadores del grupo Mont Pélérin.
Otros, como PAVA y KRAUSZ, se aferran a una más visión restrictiva: la empresa solo tiene responsabilidad social, cuando es directamente responsable del daño causado.
En la misma línea se sitúan las conocidas afirmaciones de Henry FORD: “la empresa no es un mecanismo multifuncional, sino un instrumento especializado ideado primordialmente para atender a las necesidades económicas de la Sociedad. Si la empresa dedica su atención a otras necesidades sociales, las necesidades primarias quedarán desatendidas”.
Mucha repercusión mediática también logro la opinión del periódico británico The Economist (15/11/01), quien consideró que el triunfo de la RSC aumentaría artificialmente los costes de las empresas, y obligaría a incrementar la regulación de los mercados, lo que supondría un retroceso en las competitividad de las economías.
A estas alturas del debate, creo que se va imponiendo la visión de los que defendemos que la actividad económica no debe desarrollarse en una especie de jungla, donde imperen tan solo normas legales, pero donde los valores éticos no tengan cabida y donde se exija a las empresas algo más de que generar riqueza, ya que representan un engranaje fundamental del cambio necesario de nuestra sociedad. Ya no es posible hacer oídos sordos a algunas de las cuestiones que más preocupan a las economías desarrolladas: la calidad de vida de las personas (ocio, medio ambiente, desarrollo cultural, etc), la exigencia de transparencia en las actuaciones de las empresas, la humanización del trabajo el cuestionamiento de la actividad económica como explotadora de recursos, la actuación justa y equitativa con todos los agentes del mercado, etc.
Pero es que, además, las voces más reticentes a aceptar esta nueva fase del capitalismo deberían darse cuenta de que la no aceptación de estas nuevas reglas del juego, implica reducir el valor de la empresa y su capacidad de generar recursos. Sirvan como ejemplo estudios recientes realizados en Gran Bretaña que demuestran que un 17% de consumidores había boicoteado alguna marca por motivos éticos, mientras que el 19% había elegido algún producto o servicio por la buena imagen social de la empresa, o que el 75% de los trabajadores afirmaban que serían más leales una empresa que colaborase con la comunidad.
LA SOCIEDAD CIVIL: SU COMPROMISO ÉTICO
Ya hemos repetido que es fundamental que la ética vuelva a presidir la actividad económica. Para ello, es necesario que el comportamiento ético se transforme en algo espontáneo. Para lograrlo, es imprescindible el papel de la educación de los ciudadanos, llegando incluso a ser necesario que la ética sea impuesta. Recuerdo que hace tan solo unas décadas en los vagones del metro de Madrid había unos carteles que decían: “prohibido escupir”. Esta prohibición, que incluso implicaba una multa en caso de incumplimiento, hoy no tendría ningún sentido. Un comportamiento o una institución puede empezar siendo coactiva, pero cuando ha funcionado un tiempo suficiente, deja de serlo, porque la sociedad la ha interiorizado.
Los países nórdicos vuelven a ser ejemplares en educación cívica. Hay una serie de actos que allí son impensables, no porque la gente tenga mejor corazón o porque sean especialmente miedosos al castigo de la ley, simplemente porque están educados para ello y lo ven algo absolutamente natural.
Esta concepción vital, fundada en comportamientos éticos, va calando poco a poco en el individuo, y tiene su efecto también en las relaciones económicas, erradicando actuaciones hoy presentes tan perniciosas como la corrupción, la explotación, la especulación, etc.
El extraordinario movimiento de los últimos años de la sociedad civil, a través de las llamadas ONGs, representa una esperanza real de ser la semilla de una nueva visión del mundo y de la actividad económica.
Mario Alonso
Marzo 2006
